Archive for agosto, 2009

Los zapatos rojos

zapatos
Empieza la cuenta regresiva. Montse comienza el cole el 1 de septiembre y los nervios me corroen. Lo tengo casi todo listo. Los uniformes ya están encargados y tengo en orden la lista de cosas que la peque llevará en su primer día de clases.

Durante las últimas semanas me he dedicado a repetirle hasta el cansancio que irá a un lugar lleno de niños y juguetes. Que su profesora se llama Sonia. Que se va a divertir muchísimo. Que yo iré a recogerla todos los días. Que nada malo le pasará. Que aprenderá nuevas canciones. En fin, que no sé si se lo cuento a ella o lo repito para convencerme yo.

Montse me escucha con paciencia y sonríe. Luego me coge de la mano y me lleva al jardín, tal vez para distraerme, o para conseguir callarme de una vez por todas.

Y es que la peque está dejando de ser un bebé. Se está convirtiendo en una niña independiente. Me di cuenta la vez que le compramos sus zapatos rojos, fue al comenzar el verano. Los vio y le encantaron. Cuando se los puso por primera vez miraba embobada sus pequeños pies. Los tocaba y me decía: «Este, este, este» que es el himno que utiliza cada vez que algo la sorprende mucho o despierta su curiosidad.

Los zapatos rojos de Montserrat me hicieron pensar en sus primeros pasos. En sus intentos constantes por formar una oración completa aunque sea con balbuceos. En su mirada alegre cuando me ve llegar a casa por las noches. En la forma en que me abraza cuando tiene sueño y quiere que la lleve a su cuna. Y en su risa estrepitosa cuando le canto sus canciones favoritas.

Son los primeros pasos de Montse. Pequeños pasitos que van marcando su vida. Y la mía. Guardaré para siempre esos preciosos zapatos rojos que me han enseñado una nueva lección.

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¡Comadronas por Internet!

mama¿Nacerá bien? ¿Tendrá ojos y todos los dedos de sus pies? ¿Podré atenderlo como es debido? ¿Podré alimentarlo correctamente? ¿Y qué pasa con el cordón umbilical? Son tan solo algunas de las miles de dudas que surgen durante el embarazo. En esas largas noches de insomnio, a todas nos gustaría que, junto a nosotras, en vez de un esposo somnoliento que nos tranquiliza con un soso: «Anda mujer, duérmete ya que no pasa nada», estuviera una matrona, una comadrona, nuestra propia madre o algo que se le parezca.

En fin que, al menos en Barcelona, las gestantes ya cuentan con una alternativa bastante tranquilizadora: las comadronas por Internet. Se trata de un nuevo proyecto por el que podrán conectarse, a través de un ordenador con webcam, con una especialista que resolverá todas sus dudas sobre el cuidado del bebé después del parto.

Es una iniciativa que bien podrían adoptar en el resto de España y, mejor aún, en todos los países del mundo. De este modo, las madres -al menos las que tengan Internet- evitarían muchas de las consultas al ambulatorio. Lo mejor de este proyecto es que el servicio estará disponible las 24 horas de día y es totalmente gratuito.

Ya me gustaría haber disfrutado de ese privilegio durante mi embarazo. Pese a que Internet está siempre ahí para consultar cualquier tópico sobre maternidad, no es lo mismo acudir a cualquier sitio que poder consultar a una experta.

Así que mamás de Barcelona, disfrutad de este beneficio mientras las demás… ¡nos morimos de envidia!

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Una posibilidad entre mil

POSTUna de las cosas más difíciles del embarazo es la espera. No solo por el deseo de tener al bebé en nuestros brazos, sino también porque el hecho de no saber si se encuentra del todo bien -pese a lo que digan los médicos- se convierte en una obsesión maternal que nos acompaña durante toda la gestación. De ahí que surjan pesadillas y largas noches de insomnio. Después del parto, cuando constatamos que nuestro hijo está realmente sano, podemos respirar tranquilos y agradecer a Dios. Pero no todos tienen la misma suerte.

Hace unos días llegó a mis manos, por medio de una nueva amiga, una novela gráfica que me hizo estremecer. El título lo dice todo: Una posibilidad entre mil. Es una ejemplar historia de como unos padres son capaces de luchar sin rendirse por el bienestar de su hija.

Los autores, Cristina Durán y Miguel A. Giner Bou, son licenciados por la Facultad de Bellas Artes de Valencia en la especialidad de Dibujo. Pero ante todo son los padres de Laia, una niña que nació con parálisis cerebral.

Viñeta a viñeta, los padres de Laia cuentan una historia autobiográfica donde relatan magistralmente el cúmulo de emociones que experimentaron desde el nacimiento de la niña hasta que les informaron de su enfermedad, y la manera en que enfrentaron, minuto a minuto, la angustiosa espera.

Les recomiendo leer esta historia, no solo por la originalidad del formato, que ya es bastante, sino también porque los autores son capaces de transmitir gráficamente – y de manera insuperable- cada una de sus emociones, cada uno de sus pensamientos.

Laia tenía una posibilidad entre mil de sobrevivir pero se afianzó a la vida con garras y dientes cobijada por el apoyo espiritual, físico y psíquico de sus valientes padres. Unos padres que no se rindieron y superaron todos los obstáculos que supone tener un bebé con discapacidad.

La novela defiende también otro tema primordial: la lactancia materna, a la vez que nos recuerda la importancia del soporte familiar para afrontar las dificultades que se nos presentan.

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Caminito de la escuela

guardeDe pequeña me gustaba mucho ir al cole. Disfrutaba del ambiente estudiantil, de los deberes y, especialmente, de mis compañeros de clase. Pero lo que más disfrutaba del comienzo del ciclo escolar era el exquisito aroma de los libros nuevos. Cuando mis padres me entregaban el arsenal bibliográfico, me sentaba en mi cama y comenzaba a abrir lentamente cada libro. Pasaba las páginas y aspiraba ese olor inolvidable. Los cuadernos, con sus hojas blancas, eran para mi un desafío. Y pese a que me encantaba estar de vacaciones y jugar sin control hasta muy tarde, cuando los libros descansaban plácidamente en mi portafolios empezaba a desear -secretamente para evitar las burlas de mis hermanos y mis amigos- que las clases comenzaran.

Ahora me pasa todo lo contrario. Quisiera que agosto se convirtiera en un mes infinito. Montserrat comenzará la escuela infantil el 1 de septiembre. No sé si le gustará, pero sé de antemano que mi corazón se estrujará como una esponja en el desierto en cuanto una extraña la coja de la mano para alejarla de mí, aunque solo sean unas horas.

Cierto es que gran parte del día estoy lejos de Montse. Pero se queda en casa, con su abuela. La escuela infantil será diferente. La niña, a sus 16 meses de edad, se enfrentará a una nueva y desconocida experiencia. Y yo seguramente me quedaré parada en la puerta del colegio, incapaz de moverme hasta dejar de escuchar el llanto de mi hija. Será un momento duro, pero necesario.

Sí que es verdad que las escuelas para los más pequeños ofrecen un período de adaptación para que los niños asimilen con mayor facilidad la asistencia al colegio. Pero ¿qué pasa con los padres? ¿Por qué nosotros no tenemos un período de adaptación en el que alguien nos enseñe a separarnos de los hijos? Yo, por si acaso, me estoy somentiendo a una autoterapia de fortaleza para no hacer el ridículo llorando a moco tendido delante del resto de las madres. Además, aún me quedan 21 días para intentar convencer al aprendiz de padre de que, al menos el primer día, se encargue de llevar a Montse a clases. Después de todo yo ya hice lo más doloroso: parirla.

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Gotitas de vida

lactanciaCuando era una mujer soltera y sin hijos, la lactancia me parecía un fenómeno extraño y muy, muy lejano. Cuando veía a una mujer alimentar a su hijo pensaba que sin duda era un sacrificio muy grande. Con el paso del tiempo,  mis amigas comenzaron a parir y me contaban las infinitas molestias de «dar el pecho».

Recuerdo la cara de angustia de una de ellas cuando me detallaba el martirio que vivió para poder alimentar a su bebé. «Es horrible. Me sangran los pezones y duele muchísimo. Creo que solo lo amamantaré este mes y después con fórmula», aseguraba. La lactancia, aunque no lo parezca, tiene muchos beneficios. No sólo para la salud y el buen desarrollo del bebé, que eso ya me parece razón suficiente, sino también para la economía doméstica.

En cuanto me ingresaron en el hospital una enfermera me advirtió que, si no quería amamantar, podían darme una pastilla para que «se cortara la leche». Después del parto, cuando todavía no era capaz de recordar mi nombre y aún sentía el cuerpo como si acabara de recibir una brutal paliza, una dulce enfermera que, curiosamente tiene el nombre y el primer apellido de mi hija, me preguntó con su dulce voz: «¿Vas a alimentar a Montserrat?»

«Sí». Contesté sin pensarlo. Instintivamente. En ese momento no me acordé de la sangre en los pezones de mi amiga ni del infinito dolor que describía. «Sí». Contesté sinceramente. Y de pronto me sentí madre.

Al poco rato otra enfermera se ocupó de traerme por segunda vez a Montse, ya aseada y vestida. Me dijo: «Descúbrete el torso que esta niña tiene hambre» y en cuanto la puso en mi colo, la niña, instintivamente, se prendió de uno de mis pezones y comenzó a succionar.

Ni siquiera recuerdo si me dolió. El hecho de sentirla ahí, cálidamente, comiendo de manera apresurada y mirándome, hizo que se me olvidara cualquier preocupación respecto a la lactancia.

Desde ese momento y hasta antes de cumplir el año, Montse disfrutó a demanda de la lactancia materna. Después empezó a pedir la teta cada vez menos hasta que la dejó definitivamente. No me arrepiento de haber amamantado a mi hija. Sí, hubo momentos de mucho dolor y tuve que recurir a las famosas pezoneras. Pero la sensación de maternidad real que experimentas con esta actividad corporal, es única y no me la perdería por nada.

Se trata de una forma muy íntima de comunicación entre una madre y un hijo. Una sensación de paz infinita que es necesario vivir para poder entender.

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¿Quién manda aquí?

monSiempre he estado en contra de las manifestaciones del poder como una forma de demostrar superioridad. La familia, desde mi punto de vista, es una democracia y como tal debe administrarse. Sin embargo, Montse me ha enseñado una nueva lección: los niños necesitan límites.
En una ocasión, mi madre (mujer sabia), me anticipó que teníamos que ser más inteligentes que Montse para educarla con amor pero con disciplina. Me advirtió también que la rigidez en la educación dependía totalmente de los padres porque los abuelos estaban más para consentir. Pese a su advertencia siempre he contado con su apoyo para enseñarle a la pequeña las normas básicas de convivencia.
Al principio pensé que todo eso de la educación en la primera infancia era un poco exagerado. Que los niños, en sus primeros meses de vida, lo que más necesitaban era amor y protección. Y sí, necesitan amor y protección. Y disciplina.
Disciplina para que duerman y coman en el horario establecido. Disciplina para que sepan que ellos forman parte de un equipo y que tienen derechos y obligaciones. Pero, ¿cómo hacerle entender eso a un bebé? La respuesta es sencilla: Ellos lo entienden todo.
Y prueba de ello es la facilidad que tiene Montse para señalar con su dedito las cosas que nombramos en voz alta. Y es que desde que tenía dos meses, cada vez que se le cambiaba un pañal o se le daba un baño, su padre, su abuela y yo, le decíamos el nombre de las cosas que utilizábamos: gel, talco, pañal, crema, aceite, loción… Montse abría sus enormes ojos y se quedaba viendo fijamente cada objeto. Cuando cumplió los 6 meses nos dimos cuenta de que aunque no pudiera expresarlo con palabras, sabía distinguir entre un pañal y sus zapatos.
En cuanto empezó a caminar aprendió a coger los objetos que se le pedían. Y hoy, a los 15 meses, sabe recoger sus juguetes y conoce el lugar donde se guarda su ropa, sus cosas de aseo personal e incluso sabe donde están las llaves del coche. Cuando papá dice: «vamos a salir» Montse coge las llages, su chupete y su micky mouse (o a Epi, según el caso). Los niños lo entienden todo. Es una lección que me costó un poco aprender, pero ya la tengo superada. De ahí que poner límites desde los primeros meses sea prioritario.

Pataletas y berrinches

El primer berrinche de Montse fue hace poco. Estábamos las dos en el salón, yo en el ordenador y ella con sus juguetes. De repente se puso de pie y cogió el control de la tele para encenderla. Le pedí que no lo hiciera porque ya estábamos por irnos a la cama. Sin hacer caso a la advertencia encendió el televisor y puso su canal favorito.
Entonces apagué el ordenador y la televisión y dejé el mando fuera de su alcance. Inesperadamente (nunca lo había hecho antes) empezó a llorar y a dar gritos pidiendo el mando. Por unos segundos no supe que hacer, si abrazarla o reñirle. Opté por no hacerle caso. Me senté en el sofá y cogí una revista. En menos de un minuto la niña dejó de llorar, se levantó del suelo donde hacía su pataleta y se me sentó en las piernas. Me quede sorprendida de la eficiencia de esta técnica que alguna vez me sugirió una amiga, experta en estos temas.
Los límites son necesarios. Según los psicólogos, las reglas y la autoridad dan seguridad a los pequeños. Los niños deben aprender que cuando papá o mamá dicen que no, la decisión es inamovible. Los menores necesitan de la guía de los padres por lo que las reglas son la mejor manera de fortalecer la buena conducta y enseñarles buenos modales.
Es difícil poner límites porque no nos gusta enfrenar a nuestros hijos o porque necesitamos de su aceptación constante. Pero no hacerlo provocará enfrentamientos futuros muy difíciles de controlar. A medida que los niños crecen los problemas también crecerán. La respuesta no está en la violencia, sino en la madurez de los padres para enfrentar cada situación desde el principio.

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