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En el bosque de las hadas

Hace varios meses comencé una estrategia para ayudar a Montse a que deje el tete de una vez y para siempre. Debo confesar que no ha resultado fácil pero tampoco me ha ido tan mal. Ahora la peque solo pide el anhelado chupón para dormir por las noches. Sin embargo, tanta fue mi insistencia para intentar convencerla de que no pidiera el tete todo el tiempo porque lo tenía la hada (La hada del tete que me inventé, claro) que un buen día llegó a mis brazos y me dijo con su melodiosa voz: «Mamá, quiero verlas, a las hadas, llévame al bosque».

«¡Trágame tierra!» pensó esta aprendiz de madre que se ha dado cuenta de que engañar a los niños con fantasías tal vez no sea una buena idea.

Para no decepcionar a mi princesa su padre, su abuela, su tía y yo la llevamos a un terreno boscoso que tenemos cerca de casa, pero antes, escondimos entre los árboles una cajita de música que en lugar de tener la clásica bailarina tiene un Winnie The Poo danzarín.

Montse, que estaba feliz, pletórica y acompañada de su inseparable «nenecito», gritaba mirando hacia los árboles: «Hada, dónde estás, ven aquí que quiero verteeeeee».

Mientras la super abu entrenía a la nena, me aparté un poco del grupo y fingiendo la voz grité: «Montse no puedes verme porque vivo en un mundo mágico que se llama imaginación, pero te he dejado un regalo oculto entre los árboles. Búscalo y acuérdate de que el tete es solo para dormir».

La nena abrió los ojos como platos  volteando para todos lados hasta que encontró la caja. Le encantó. Todos la mirábamos embobados mientras ella le daba cuerda a su cajita.

Son esos breves momentos de felicidad los que le dan sentido a la vida. Ver la cara de un niño recibiendo un regalo o creando una ilusión es el mejor alimento para el alma. Fue un día inolvidable y Montse lo disfrutó muchísimo. Sólo espero que mi idea surta efecto y la niña deje poco a poco su chupete.

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Licenciadas en lactancia

Este fin de semana he leído con agrado un reportaje sobre lactancia materna firmado por Tatiana López, corresponsal de La Voz de Galicia en Estados Unidos, en el que me entero que en áquel país  existe una institución que ofrece una licenciatura en lactancia tras estudiar un curso de tres años y realizar 12 meses de prácticas en un hospital.

Aunque para muchos pudiera parecer exagerado pienso que es fundamental profesionalizar la asesoría en esta complicada fase post parto. Muchas madres que en principio tienen la intención de amamantar a sus hijos, pierden pronto el interés debido, en gran parte, a la falta de información y apoyo.

Y es que la lantancia no va solo de quitarse el sostén y meterle un pecho al bebé en la boca. Hay todo un proceso que se complica en algunas situaciones cuando aparecen problemas como una supuesta falta de leche o padecimientos físicos en las mamas. Dicen los expertos que la lantancia es posible en la mayoría de los casos pero depende al 100% de las ganas que tenga una mujer de alimentar al bebé con su propia leche.

Lo más cómodo es recurrir a una lata de fórmula láctea, porque para que nos vamos a engañar, muchas veces la lactancia puede resultar molesta, agresiva e incluso dolorosa. Sin embargo, si pensamos más en el bienestar del bebé que en nuestra comodidad podremos comprender que el mejor alimento que puede recibir un niño es la leche de su madre, sobre todo en sus primeros meses.

Por eso me ilusiona que existan expertas formadas profesionalmente para asesorar a las primerizas. Y por eso también apoyo la labor de instituciones como la Liga de la Leche.

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Dos años con Montse, la historia de un parto

Hoy hace apenas dos años que me convertí en madre. Montserrat nació  a las 2.20 de la madrugada de un lluvioso viernes de abril tras 18 intensas horas de trabajo de parto inducido.

Me enteré de mi embarazo después de más de un año de intentos y de una larga lista de resultados negativos. Me realicé la prueba casera un viernes por la mañana y al ver las dos rayas mágicas en ese intenso tono rosa me puse a llorar en el baño. Desperté a mi esposo con la cara bañada en llanto y él me abrazó emocionado preguntándome si estaba segura. Acordamos no decirle a nadie hasta relizarme una prueba profesional en un laboratorio, pero ese día mi padre lo estaba pasando un poco mal y decidimos arriesgarnos y endulzarle el día con la noticia. No puedo describir la cara que puso, los ojos se le iluminaron como una mañana de verano y una sonrisa perenne apareció en su rostro. «Hay que contarle a tu madre» gritó emocionado. Ni que decir que toda la familia se puso feliz ante la esperada noticia.

El mío fue un embarazo cortés. Sin náuseas, ni vómitos, ni calambres… ni siquiera antojos. Todo se complicó cuando tras realizarme el test de O`Sullivan detectaron que podría padecer diabetes gestacional. A partir de ahí las visitas al gine se hicieron  más frecuentes y me pusieron en la penosa lista de los embarazos de alto riesgo. Alto riesgo. Cuando escuché al ginecólogo decir esas temidas palabras sentí que la tierra se abría bajo mis pies. ¿Qué significaba eso? ¿Que la vida de Montserrat corría peligro? Me sometí a una larga lista de estrictos cuidados  y visitaba la consulta semana tras semana.

El médico me explicó que todo podría complicarse si la beba cogía mucho peso. Cuando aún faltaban algunas semanas para el esperado parto me hicieron una de las tantas ecografías y el médico dictaminó que debían ingresarme para monitorear a Montse. Fue terrible porque ni siquiera me dejaron ir a casa a por mis cosas. Después de la revisión me asignaron una habitación y me quedé allí al cuidado de las enfermeras. Ya me habían realizado todas las pruebas realizables, incluida la de la epidural, aunque mi exagrado temor a las agujas me había llevado a decidir que no me la pondría jamás. Tan solo de imaginar que me introducían esa finísima aguja en la espalda me ponía los pelos de punta.

Después de varios días «de vacaciones» en el área de alto riesgo, en cuyos pasillos conocí a mujeres muy interesantes en la misma situación que yo, me trasladaron al paritorio la mañana del jueves 10 de abril. Lo primero que hice fue llamar a mi madre para tranquilizarme escuchando su voz.  Ella y mi padre me daban ánimos pero sé que en el fondo estaban tan nerviosos como yo por el bienestar de su nieta.

Después de varias revisiones y tras conocer a la matrona que me atendería me crucificaron los brazos con las vías necesarias para afrontar las posibles urgencias. El aprendiz de padre estaba ahí como un valiente intentando animarme en todo momento pese a que en los ojos reflejaba el miedo ante lo que  pudiera pasar. Por la ventana de mi habitación veía la lluvia caer y a la gente apresurar el paso bajo los paraguas mientras que en silencio le pedía a Dios  que todo saliera bien.

«Lo más deseable es el comienzo espontáneo del parto aunque hay circunstancias de tipo médico u obstétrico que aconsejan la inducción» amenazó la matrona con su cara resplandeciente de veinteañera recién duchada. «En su caso tendremos que utilizar oxitocina y, probablemente, romper artificialmente la bolsa si el trabajo de parto no evoluciona como esperamos». La mujer continuaba explicando con los habituales tecnicismos mientras yo intentaba asimilar que mi parto no sería natural como lo había soñado. «… lo importante es evitar a toda costa el sufrimiento fetal por lo que tampoco descartamos una cesárea», me decía aquella lejana voz. ¿Sufimiento fetal? Después de escuchar aquello firmé sin pensar todo los papeles que pasaron por delante ante la mirada atónita de mi esposo.

Y así comenzó la primera de las 18 horas que precedieron la feliz llegada de mi amada hija. Mientras por las venas de un brazo me corrían los chorros de oxitocina por el otro entraba el suero y la insulina para evitar que me subieran los niveles de glucosa en la sangre.

Y como no podía ser de otra manera -ya me habían advertido que las contracciones falsas que provoca la oxitocina son mucho más dolorosas que las naturales- terminé pidiendo a gritos la epidural. Después de cuatro intentos pudieron colocar la aguja para suministrar la bendita anestesia que hizo que todo pareciera más fácil en el quirófano, donde una ginecóloga, dos enfermeras, una matrona y un pediatra me recibieron sonrientes tratando de tranquilizarme.

No sentía las piernas. Y el parto resultó complicado pese a que pujé  con todas mis fuerzas durante cada contracción. Tuvieron que ayudarse con espátulas y la cabeza de Monse sufrió las consecuencias. Finalmente nació y al ver sus ojos grises me hipnotizaron. Los tenía muy abiertos y miraba alrededor sin entender que sucedía. Fueron solo algunos segundos porque el pediatra se la llevó para hacerle el test de Apgar en el que sacó su primer sobresaliente.

Fue el radiante padre quien la puso en mis brazos por primera vez. Me pareció la niña más hermosa del mundo y en ese momento le prometí en voz alta que la amaría para siempre.  Hoy cumplió sus primeros dos años de vida y me siento sumamente dichosa de estar a su lado, donde espero permanecer por mucho, mucho tiempo.

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«Mamá veeeen»

Esta semana de carnavales ha sido bastante fructífera para esta aprendiz de madre por muchas razones, pero la principal es que he aprendido una nueva lección de vida. En un intento por actualizar con más frecuencia este blog que tanto amo, procuro dedicarle algunos minutos después de recoger a Montse en la guardería y antes de irme al trabajo; o robarle unas horas al sueño para adelantar por la noche y publicar al día siguiente. Pero el pasado lunes, una reacción de mi hija ante mi descabellado interés en la pantalla me cortó la inspiración y me hizo sentir mala madre. Estos son los hechos:

Intentaba  finalizar un post sobre oxitocina que lleva varios días en la carpeta de los -quasi olvidados- borradores mientras Montse entonaba muy alegre una canción y, de vez en cuando, reclamaba mi presencia con un imperioso «Mamáaaaaaa veeeeeennn».  Al entender que no me necesitaba con extrema urgencia seguí escribiendo sin quitar los ojos del reloj porque me quedaban escasos  20 minutos antes de vestirme y salir a toda prisa.

«Mamáaaa veeeeen…» insistía la peque mientas mis dedos se deslizaban rápidamente sobre el teclado. En eso, sentí una pequeña mano que tiraba de mi blusa y la miré. «¿Qué pasa hija?» le pregunté mirando su cara pero sin dejar de escribir en el teclado. La niña, muy seria, se me quedó viendo y me dijo: «Apaba a pompu y jega con Monse». Así de claro me lanzó el mensaje: Apaga la compu y juega con Montse.

Me sentí fatal. Después de reflexionar lo sucedido durante dos segundos guardé el borrador para ir con mi hija hasta su casa de muñecas y jugar con ella los escasos 10 minutos que me quedaban. Me sentí culpable pese a que siempre he intentado centrar en ella TODO mi tiempo libre. Y cuando la veo jugando aprovecho para leer o escribir un poco. Pero la reacción exigente de la niña me hizo reflexionar dos polémicos aspectos:

1. ¿Ellos nos necesitan siempre? Aunque papá y mamá tienen otras prioridades como el trabajo y el tiempo en pareja, nunca debemos olvidar que los hijos protagonizan al cien por ciento la vida en familia.

2. Una madre que escribe un blog de maternidad ¿puede hacerlo a costa de un tiempo que bien podría dedicar a sus hijos?

Así que he decidido escribir solo cuando esté completamente segura de que ella no necesita mi atención. Tal vez no sea prudente ser egoísta conmigo misma y privarme de un poco de tiempo libre,  pero en estos momentos de mi vida lo que más me importa es que mi hija sonría y sea feliz.

¿A ti te ha pasado algo similar?

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La vida es un carnaval

Como lo prometido es deuda, les posteo las primeras imágenes de Montse caracterizada como Blancanieves. Ella estaba pletórica, en su digno papel de princesa. Se levantó muy temprano y me pregunto:  «¿Es hoy?». La misma pregunta que me ha hecho repetidamente desde que se enteró de que el viernes iría disfrazada a la guarde.

«Sí, es hoy» le dije mientras sacaba el reluciente vestido del armario y ella iluminaba con sus ojos la habitación. Entonces, sin hacer caso a mis protestas, se deslizó de la cama y caminó hacia la caja de los zapatos rojos que había descubierto el día anterior. Ni tarda ni perezosa, comenzó a pedirme que la vistiera y que le diera el desayuno.

La noche anterior se había armado un pequeño drama en casa porque, además de un problema de vestuario -que se solucionó gracias a los esfuezos de mi madre- esta aprendiz de madre había olvidado comprar las manzanas rojas que complementarían el disfraz. Pero al final todo salió bien. Montse fue recibida en el cole por unas de sus maestras que le dijo: «Hola Blancanieves, vienes muy guapa hoy». La niña giró la cabeza y me sonrió.

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Los niños hacen lo que ven

¿Has pensado alguna vez que los padres podemos ser la peor influencia para nuestros hijos? Encontré un vídeo que me hizo reflexionar profundamente sobre la importancia de educar con el ejemplo, un concepto que he escuchado miles de veces y que creí haber comprendido. Pero ahora me doy cuenta de que estos «ejemplos» que sirven para educar no son puntuales, es decir, no damos el ejemplo solo en algunos momentos sino día tras día… toda la vida.

Si tus hijos te ven maltratar a un camarero harán lo mismo. Si tu gritas, ellos lo harán también. Los primeros años son fundamentales, de ahí que debamos intentar ser mejores personas.

La maternidad nos abre una ventana a un mundo extraño y desconocido, pero absolutamente fascinante. Nuestras mejores armas para que el recorrido por ese mundo sea fructífero son la honestidad, la nobleza, la disciplina y la educación.

De nosotr@s depende el futuro de los más pequeños…

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El circo y el pato

Aprovechando el puente de la Constitución llevamos a Montse al circo. El aprendiz de padre y yo fuimos un poco «a la fuerza» pues no somos partidarios de los espectáculos con animales, pero el sacrificio valió la pena. Montse disfrutó plenamente del show. Lo más divertido de la jornada circense fue el principio. La pequeña siendo hija única, nieta única, sobrina única… es en nuestra familia siempre el centro de atención. Padres, abuelos y tíos le aplauden hasta la gracia más simple.

Tal vez fue por eso que, en la primera ovación del público, la peque giró la cabeza  sorprendida de que todos le aplaudieran.

Está convencida de que cada vez que alguien aplaude es por ella y para ella. Al término del primer número se acostumbró a su efusivo público y pudo seguir disfrutando la función. Le impresionaron los leones, los payasos, los dromedarios y unos ponys argentinos (eso decía el cartel). Pero quedó boquiabierta cuando en el escenario aparecieron Mickey Mouse y el pato Donald.

Los personajes de Disney salieron de la pista para saludar a los niños. Donald se acercó a Montserrat y le cogió la mano a la vez que le acariciaba la cabeza. No hubo tiempo de sacar el móvil para hacer la foto, Montse exclamó un apasionado: «¡¡¡Hala!!!» y abrió la boca todo lo que pudo. Esa fue la estampa que quedó grabada en su cabecita.

«E pato aaló mi mano».

Lo repitió sin cesar durante toda la tarde. Se lo contó a sus abuelos, a su tía, a mis tíos, al perro, a sus muñecos y a todo el que quisiera escucharla. «E pato aaló mi mano».

Esa noche, cuando sus ojos ya estaban cerrados y su mejilla reposaba tiernamente en su almohada repitió por enésima vez: «E pato aaló mi mano». Simplemente inolvidable.

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