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Gotitas de vida (II)

Aún no había visto con total certeza la luz. Sus ojos intentaban inútilmente enfocar su objetivo: una mujer de edad madura vestida de blanco que le cogía la cabeza con ternura. Escuchaba ruidos extraños y se sentía nerviosa en aquel ambiente desconocido. Tan pulcro… pero tan frío. Recordaba poco -muy poco- de su vida pasada. Vagos pasajes rondaban su recién estrenada mente y pudo remembrar aquel lugar tan cálido de donde provenía y las voces que tantas veces la tranquilizaron en los momentos de mayor soledad.

Ahora todo era distinto. No había calor, o al menos no había la cantidad suficiente para que dejara de sentir tanto frío. Sus intentos por llorar se veían intimidados por la curiosidad que sentía en aquel lugar extraño. ¿Acaso era ella la única que se sentía tan desconcertada? Giró la cabeza un poco para ver entre penumbras a su vecino que dormía plácidamente con una sonrisa en los labios. Intentó reincorporarse para separarse de aquel cuerpo ajeno que la abrumaba pero se dio cuenta de que era inútil. Entonces se percató de que había perdido la movilidad de la que gozaba en su anterior hogar.

– No puede ser – pensó mientras intentaba llevarse las manos a la cabeza.

Todo era en vano. Se sintió sola y abandonada. Deseó con todas sus fuerzas regresar a su lugar de origen  y miró fijamente el rostro de la mujer que tenía delante, para intentar saber quién era aquella desconocida que le hablaba en un lenguaje ininteligible. No pudo contener el llanto y berreó con todas sus fuerzas.

De repente sintió que se movía y escuchaba una voz lejana que le resultaba conocida. La mujer de blanco la depositó suavemente encima de un cuerpo cálido con un aroma muy familiar. Escaló como pudo las enormes montañas que tenía delante y encontró un oasis en medio de aquel placentero lugar en el que ya no sintió mas frío. No podía creer lo que estaba viendo. Abrió la pequeña boca y se aferró con toda sus fuerzas al inmenso paraíso que le ofrecía la vida misma dosificada en dulces gotitas.

Era el pezón de su madre.


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Licenciadas en lactancia

Este fin de semana he leído con agrado un reportaje sobre lactancia materna firmado por Tatiana López, corresponsal de La Voz de Galicia en Estados Unidos, en el que me entero que en áquel país  existe una institución que ofrece una licenciatura en lactancia tras estudiar un curso de tres años y realizar 12 meses de prácticas en un hospital.

Aunque para muchos pudiera parecer exagerado pienso que es fundamental profesionalizar la asesoría en esta complicada fase post parto. Muchas madres que en principio tienen la intención de amamantar a sus hijos, pierden pronto el interés debido, en gran parte, a la falta de información y apoyo.

Y es que la lantancia no va solo de quitarse el sostén y meterle un pecho al bebé en la boca. Hay todo un proceso que se complica en algunas situaciones cuando aparecen problemas como una supuesta falta de leche o padecimientos físicos en las mamas. Dicen los expertos que la lantancia es posible en la mayoría de los casos pero depende al 100% de las ganas que tenga una mujer de alimentar al bebé con su propia leche.

Lo más cómodo es recurrir a una lata de fórmula láctea, porque para que nos vamos a engañar, muchas veces la lactancia puede resultar molesta, agresiva e incluso dolorosa. Sin embargo, si pensamos más en el bienestar del bebé que en nuestra comodidad podremos comprender que el mejor alimento que puede recibir un niño es la leche de su madre, sobre todo en sus primeros meses.

Por eso me ilusiona que existan expertas formadas profesionalmente para asesorar a las primerizas. Y por eso también apoyo la labor de instituciones como la Liga de la Leche.

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