Archive for septiembre, 2009

Otitis, laringitis y un carrito de la compra

carritoLo que comenzó como un resfriado protagonizado por los mocos se convirtió siete días después en una doble infección: laringitis y otitis. Mi mesilla de noche se convirtió entonces en una pequeña farmacia provista de gotas y antibióticos para combatir la enfermedad.

A Montse los jarabes no le hacían mucha gracia, pero los tomó con resignación. Pero lo de las gotas fue complicado. Contrario a lo que pensé en un principio no me dieron gotas óticas sino orales. Así que, convencer a la peque de tomarse ese medicamento con tan mal sabor fue la faena de todos los días. Y es que al menos los jarabes vienen camuflados con un toque de rica fresa, pero las gotas (con efecto antiinflamatorio) seguro que no las tomaba ni yo.

Pese a las torturas medicinales a la nena no se le quitaron las ganas de jugar y divertirse. Con una mano se toca la oreja (en señal de que le duele) y con la otra arrastra por toda la casa un gracioso carrito de supermercado que le compramos hace poco y que siempre lleva repleto de todo lo que encuentra a su paso.

Si se pierden unas llaves o no aparecen mis zapatillas y nadie ha visto las gafas de mi madre… No pasa nada, seguro que todo está en el carrito del super de Montse. Así anda ella tan pancha todo el día, con la mano en una oreja, la nariz llena de mocos (¡otra vez!) y su carrito de la compra. Al final da gusto verla: enfermita pero tan feliz.

Consejo para primerizas: La laringitis y la otitis son infecciones que pueden complicarse si no se tratan a tiempo, por lo que es importante acudir al pediatra de inmediato. Algunos de los síntomas de la laringitis son: fiebre, tos intensa y afonía. Como cualquier otra infección la otitis también provoca fiebre acompañada de severas molestias en los oídos. En ningún caso se recomienda darle antibióticos a los pequeños sin consultar antes con un médico.

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Aprender con Pin

Montse volvió al colegio después de su temible gripe. Los mocos siguen acechando pero ya de lejos. Así que  decidimos que debería volver al colegio. Pensé, en un principio, que tendríamos que pasar nuevamente por el período de adaptación y todo eso. Pero no.

Al contrario, la niña regreso a sus clases con mucho entusiasmo. Demasiado, de hecho. Un poco intrigada y pensando que el rubio tendría algo que ver, le pregunté a la maestra. Y no, no fue el rubio, fue Pin.

Resulta que cuando Montse regresó al cole descubrió a un nuevo compañero de clases. Se trata de Pin, un peculiar personaje (aún no sé si es un duende, un niño, o una niña) incluido en un programa de aprendizaje del gallego que se llama Pin e Tito.

El kit completo, con el que la nena y sus compañeros trabajarán a lo largo del ciclo, incluye varios cuadernillos de actividades para que los niños conozcan el medio ambiente, su propio cuerpo y las actividades cotidianas como el baño, la comida, el descanso, etcétera.

La peque sucumbió a los coloridos encantos de Pin. Ahora las clases le resultan mucho más interesantes y, en solo cuatro días, ha incluido en su breve vocabulario dos nuevos términos: Sí y Luna.

Próximamente les contaré quién es Luna.

pin e tito

[¿Conoces  a Pin? Deja un comentario y comparte con nosotros tu experiencia]

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La noche de los mocos

mocos3Fue terrible. Sucedio hace varios días. Montserrat contrajo su primer catarro en forma y, por primera vez en su corta existencia, la vimos desganada y triste. Todo empezó con unos inocentes moquitos que asomaron tímidamente por su nariz. Ella, curiosa, se tocó la parte superior del labio gritando su ya tradicional frase-himno: «Este, este, este».

Al principio pensé que sería pasajero e intenté inútilmente de enseñarle a sonarse la nariz: «No, no, no… No, mamáaaaaaa», fue lo que recibí por respuesta. Sin pensarlo dos veces, eché mano a un aspirador nasal que habíamos comprado hace unos meses. Las instrucciones del empaque eran bastante optimistas: Coloque el tubo blando en la nariz del bebé y aspire fuertemente por el otro lado.

«Esto está chupado», pensé ingenuamente. Lo que la caja no ponía es cómo convencer a una niña de 17 meses (pero con la fuerza de una de tres años) de que se dejara hurgar su preciosa naricita.

Después de varios intentos decidí esperar al aprendiz de padre para reintentar la hazaña. Fue inútil. Lo único conseguimos fue aspirar una mínima porción de los pegajosos fluidos que reposaban plácidamente sobre las ventanas de su nariz.

Con una defensiva previamente estudiada, la niña escapaba una y otra vez al ataque frontal de papá y mamá. Así que no quedó más remedio que recurrir a la ciencia y fuimos por un jarabe descongestionante. La primera noche no le hizo efecto y se nos hizo larga. Eterna. La niña no podía respirar (pese a la friega de vaporub que le pusimos en el pecho, en los pies, en la espalda) y se quejaba ante la inmensa impotencia de sus aprendices padres. Le pusimos una almohada alta en su cuna para facilitarle la respiración pero tampoco sirvió.

Finalmente y haciendo acopio de todas sus fuerzas, Montse consiguió dormirse hacia las 5 de la madrugada. El aprendiz de padre y yo perdimos nuestra primera batalla contra los mocos, pero la niña ya está mejor.

P.d. La peque no ha ido estos días al cole por razones obvias.

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Feliz año nuevo

pizarraPara miles de niños y padres en España hoy comienza un nuevo año escolar. Los pequeños dejan atrás la piscina y los parques para regresar al aula. Otra vez la conocida rutina diaria de tantos y tantos padres en todo el mundo: despertador-desayuno-colegio-trabajo-colegio-comida-trabajo-cena-ducha-cama. Sin olvidar los aderezos como el tráfico, la crisis económica, los problemas laborales y todos esos pequeños obstáculos que forman parte de la vida cotidiana.

Pero no solo los padres lo pasan mal. El comienzo de un nuevo ciclo escolar puede resultar sumamente estresante para los pequeños. Así que, en un descarado ejercicio de auto promoción (pero esperando que les sea de utilidad), comparto con ustedes algunas sugerencias de los expertos para sobrevivir al estrés escolar de los niños. Suerte.

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El rubio y el tren

trenTiene alrededor de 12 meses y es rubio, rubísimo. No sé su nombre pero me encanta su carita redonda y tierna. Desconozco si sabe caminar porque las pocas veces que lo he visto ha estado sentado en el suelo, con las piernitas dobladas y mirando atento hacia la puerta. Desde que Montse empezó el cole, el 1 de septiembre, el rubio se convirtió en el objeto de su afecto. Cuando lo vió por primera vez se acercó a él para tocarle el cabello mientras repetía sin césar: «Este, este, este». Los dos días siguientes la historia se repitió. La peque cruzaba la puerta del aula y dirigía sus pasos hacía el niño que parecía esperarla. Por eso hoy, cuando me di cuenta de que Montse no le prestaba ninguna atención al rubio, supe de inmediato que algo andaba mal.

La niña, que durante 4 días había sido valiente durante el proceso de adaptación a la escuela infantil y solo había derramado algunas lágrimas -tal vez para ser solidaria conmigo- decidió que el viernes no era el mejor día para permanecer en el aula y se puso a llorar desaforadamente, mientras se apretaba con todas sus fuerzas al cuello del aprendiz de padre.

Yo no supe qué hacer. Así que, controlando mis ímpetus, me dispuse a observar tranquilamente la escena. Montserrat tenía los ojos repletos de llanto y sacudía la cabeza hacia los lados. El aprendiz de padre no lloró, pero creo que le faltó poco. Fue un tanto divertido comprobar que los hombres también lo pasan mal. De repente me di cuenta de que, si tuviera que consolar a uno de los dos, no sabría por cuál decidirme. Padre e hija estaban angustiados y atemorizados.

El rubio observaba atentamente la escena, sin inmutarse. Sostenía entre sus manos el tren amarillo que Montse y él suelen compartir. Las profesoras comenzaban a impacientarse ante la dramática escena y tuve que reaccionar.

Con una mirada le dije al aprendiz de padre que era hora de irnos. Él bajó los ojos al suelo e hizo un gran esfuerzo para conseguir separar a Montse de su cuerpo. Se la entregó a la profesora ante la mirada acusadora de la niña. Los dos aprendices nos quedamos de pie junto a la puerta, hasta que una de las maestras nos echó amablemente del lugar. Antes de salir miré a mi hija que trataba inútilmente de escabullirse. Fue terrible. Miré también al rubio que seguía sentado en el suelo observando a Montserrat.

Dos horas después, el aprendiz de padre y yo regresamos al colegio y nos encontramos con una tierna escena: La peque dormía plácidamente con el trenecito entre los brazos y el rubio sentado a su lado.

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Nuestro día D

montse2

No fue tan terrible como yo pensaba. Algunas lágrimas aderezaron el tan temido primer día de clases de mi hija. Pero no fueron de Montse, sino mías. La niña tan pancha, tan feliz.

Sólo hubo un momento en que su mirada me conmovió profundamente. Fue justo cuando los padres tuvimos que abandonar el aula y la peque busco nerviosa mis ojos pero no los encontró. Una de las profesoras, a fi de facilitar la separación, se interpuso entre ella y yo. Así que arrastrando los pies salí del colegio y me dirigí a una de las ventanas para intentar verla. Fue imposible.  Menos mal que no estuve sola. El aprendiz de padre estaba ahí y me obsequió con un abrazo fuerte y largo, ante la mirada sonriente de las mamás experimentadas

Fue un buen comienzo, no cabe duda. La peque solo estuvo en clases 45 minutos, pero los aprovechó al máximo. Transcurrido ese tiempo entramos nuevamente al cole y allí estaba ella, jugando con los cabellos de uno de sus compañeros, un pequeño rubio que la miraba asombrado mientras apretaba entre los labios el chupete. Ni se enteró que de yo estaba ahí. La llamé dos veces y fue entonces cuando me vió. En ese momento se percató de que tendría que abandonar aquel pequeño paraíso repleto de juguetes y, claro, opuso resistencia. Tuvimos que sacarla del cole casi a rastras.

Al ver su reacción oscuras ideas se adueñaron de mi pensamiento: ¿Montse no me quiere? ¿Por qué no lloró ni un poquito? ¿Por qué prefiere estar en el cole que ir a casa conmigo? En ese momento me acordé de Marina, una amiga que vivió un episodio similar con su madre cuando era pequeña. Ella ni se inmutó el primer día de clases y su mamá se sintió fatal.

No pude evitar sonreir porque entendí que estaba exagerando la situación. Si Montse no lloro, pues mejor para todos. Solo espero que mañana – y el resto de la semana- todo resulte tan fácil e idílico como hoy.

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