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¡Mamá… no!

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Nadie dijo que educar a los hijos era fácil. Pese a que en este sentido las abuelas son una inmensa fuente de sabiduría, muchas veces los consejos no son tan eficaces en su aplicación práctica. Lo importante es no desfallecer, insistir y ser pacientes. Y que conste que con insistir no me refiero a estar dale que te pego con el niño y perseguirlo por toda la casa para que recoja sus juguetes. Se trata de ser constante en el cumplimiento de las normas y convertirlas en un ritual diario que le permita involucrarse en la rutina.

Desde que soy madre mis preferencias televisivas han cambiado un poco, me he convertido en fan de Supernanny. Ella sugiere que debemos pedir las cosas solo una vez. Ejemplo práctico:

Escenario: Una niña tiene todos los juguetes en el suelo de la habitación.

– Montse ¿has terminado de jugar?

– No.

– Pero tienes que guardar tus juguetes porque vamos a dormir.

– Mamá… ¡no!

La niña pasa de ti y se sienta nuevamente a jugar. Ante tal comportamiento hay tres escenarios posibles:

a) Pierdes el control y empiezas a gritarle para que te haga caso.

b) Le pides por favor, y con paciencia, que recoja sus cosas. La niña no lo hace y optas por recoger tú.

c) Después de pedirle que recoja sus juguetes coges una revista o un libro y empiezas a ignorarla.

La mayoría de las madres remediamos el problema con las dos primeras opciones.  Sin embargo, los expertos aconsejan que lo mejor es dar la orden una sola vez. Si se le insiste estás propiciando un enfrentamiento entre tú y el menor. Y si haces tú las cosas estás demostrando tu debilidad. La opción C puede parecer absurda porque el niño sigue jugando y se sale con la suya. Pero si te mantienes firme y en realidad le ignoras, el niño termina por aburrirse y hacer lo que le has pedido a fin de conseguir nuevamente tu atención. Es decir, no hablarás con él hasta que recoja sus juguetes. Punto.

Como os decía al principio, en teoría parece fácil pero enfrentarte con uno de sus pucheritos o ver su carita (tan tierna) mientras llora exigiendo tu atención no es sencillo. Pero es mejor corregir a tiempo que enfrentarse a un caso extremo como este:

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El sueño del bebé

bebeMontserrat nació a las 2.20 de la madrugada de un lluvioso viernes de abril. Cerca de las 5 una enfermera se la llevó de mi lado y me dijo: «Anda mamá, duerme un poco que lo necesitarás». Cuatro horas después, en las que caí en un sueño profundo y delicioso, la niña regresó a mi lado. Durante los tres días que permanecí ingresada en el hospital, la niña dormía y dormía y solo el hambre podía despertarla. Pero fue llegar a casa y el hechizo terminó. Empezaron entonces las largas noches de insomnio. Montse dormía mucho por el día y permanecía despierta hasta las tantas.

Desesperados y angustiados, el aprendiz de padre y yo empezamos a buscar la ayuda de los expertos. Fue así que conocí a Eduard Estivill y Carlos González. Dos especialistas que han escrito sendos manuales sobre como ayudar a dormir a los niños. Tras pensarlo mucho me decanté por el segundo, porque entendí que mi objetivo era enfilar nuestro camino familiar hacia la crianza con amor, sacrificando así mis noches de sueño.

He sido duramente criticada por esta decisión, pero no me arrepiento. Pese a que en mis ojos aún se conserva la huella de mis desvelos, Montse ha regularizado poco a poco sus horarios de descanso, lo que mi esposo y yo agradecemos profundamente.

No me arrepiento de haber atendido a la niña cada vez que lloraba. Ni me arrepiento de haber pasado las noches en vela, a su lado, cogiendo sus manos o cantándole una nana. Hoy que todo eso quedó atrás me siento satisfecha y feliz.

Es positivo que los padres tengan a su disposición una larga lista de manuales sobre el sueño infantil para hacer frente al problema. Cada uno es libre de aplicar el método que más le convenga, lo importante es tener claro que el niño, y su bienestar, debe ser una prioridad en el seno de cualquier familia.

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La cajita de las hadas

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No sé si mi hija cree o no en las hadas, pero le encantan. Como buena fan de Playhouse Disney, le gusta disfrutar los cortos de Campanilla y sus amigas. Aprovechando esa fascinación por los mágicos y alados seres, estoy aplicando una estrategia que me sugirió una amiga, hace ya varios meses, para motivar a Montse a que deje poco a poco el chupete.

Se trata de decorar una cajita reciclada con motivos alegres y bautizarla como «la caja de las hadas». La idea es convencer a los niños para que guarden el chupete en esa caja porque, de este modo, las hadas se lo llevarán a su mundo mágico para cuidarlo hasta que llegue la hora de dormir. En cuanto el peque deje el chupón, uno de los padres o abuelos deberá cogerlo de la caja sin que el niño se de cuenta para guardalo en otro sitio.

Cuando el peque se acerque a la cajita para buscar su preciado tesoro y no lo encuentre, tu podrás exculparte diciendo que lo tienen las hadas y que no puedes hacer nada para recuperarlo, hasta la hora pactada. Esta estrategia le ha funcionado muy bien a varias seguidoras del blog. Pero es muy importante que no olvides volver a colocar el chupete en la caja por la noche para que el niño no se sienta traicionado. De esta forma, irá prescindiendo del chupete poco a poco.

Montse lo pide cada vez menos. Su maestra me cuenta que en el cole no lo pide para nada. En casa le gusta tenerlo en la boca cuando ve la televisión y, por supuesto, cuando se dispone a dormir. Durante mi embarazo tenía claro que no quería que mi hija usara chupón. Pero en su primera semana de vida, la nena empezó a llevarse los deditos a la boca y, tras consultarlo con la matrona, me dijo: «Piensa que el chupete se lo puedes quitar tarde o temprano, pero los dedos los tendrá cerca toda la vida». Fue entonces cuando cambié de opinión.

En estos días le estoy contando sobre las hadas y ella me escucha con atención. Este viernes la caja estará lista para que ella guarde voluntariamente el chupete que, use o no, le gusta llevar a todas partes.

Sugerencia para primerizas: Dejando a un lado la eterna polémica sobre si es o no recomendable el uso del chupete, a las madres que opten por usarlo les sugiero que tengan siempre uno de respuesto a la mano. Y es que no han sido pocas las noches que tuve que darle la vuelta a la casa para buscar un chupón extraviado mientras la pequeña lloraba desconsoladamente en su cuna. Más vale prevenir.

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Los zapatos rojos

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Empieza la cuenta regresiva. Montse comienza el cole el 1 de septiembre y los nervios me corroen. Lo tengo casi todo listo. Los uniformes ya están encargados y tengo en orden la lista de cosas que la peque llevará en su primer día de clases.

Durante las últimas semanas me he dedicado a repetirle hasta el cansancio que irá a un lugar lleno de niños y juguetes. Que su profesora se llama Sonia. Que se va a divertir muchísimo. Que yo iré a recogerla todos los días. Que nada malo le pasará. Que aprenderá nuevas canciones. En fin, que no sé si se lo cuento a ella o lo repito para convencerme yo.

Montse me escucha con paciencia y sonríe. Luego me coge de la mano y me lleva al jardín, tal vez para distraerme, o para conseguir callarme de una vez por todas.

Y es que la peque está dejando de ser un bebé. Se está convirtiendo en una niña independiente. Me di cuenta la vez que le compramos sus zapatos rojos, fue al comenzar el verano. Los vio y le encantaron. Cuando se los puso por primera vez miraba embobada sus pequeños pies. Los tocaba y me decía: «Este, este, este» que es el himno que utiliza cada vez que algo la sorprende mucho o despierta su curiosidad.

Los zapatos rojos de Montserrat me hicieron pensar en sus primeros pasos. En sus intentos constantes por formar una oración completa aunque sea con balbuceos. En su mirada alegre cuando me ve llegar a casa por las noches. En la forma en que me abraza cuando tiene sueño y quiere que la lleve a su cuna. Y en su risa estrepitosa cuando le canto sus canciones favoritas.

Son los primeros pasos de Montse. Pequeños pasitos que van marcando su vida. Y la mía. Guardaré para siempre esos preciosos zapatos rojos que me han enseñado una nueva lección.

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¡Comadronas por Internet!

mama¿Nacerá bien? ¿Tendrá ojos y todos los dedos de sus pies? ¿Podré atenderlo como es debido? ¿Podré alimentarlo correctamente? ¿Y qué pasa con el cordón umbilical? Son tan solo algunas de las miles de dudas que surgen durante el embarazo. En esas largas noches de insomnio, a todas nos gustaría que, junto a nosotras, en vez de un esposo somnoliento que nos tranquiliza con un soso: «Anda mujer, duérmete ya que no pasa nada», estuviera una matrona, una comadrona, nuestra propia madre o algo que se le parezca.

En fin que, al menos en Barcelona, las gestantes ya cuentan con una alternativa bastante tranquilizadora: las comadronas por Internet. Se trata de un nuevo proyecto por el que podrán conectarse, a través de un ordenador con webcam, con una especialista que resolverá todas sus dudas sobre el cuidado del bebé después del parto.

Es una iniciativa que bien podrían adoptar en el resto de España y, mejor aún, en todos los países del mundo. De este modo, las madres -al menos las que tengan Internet- evitarían muchas de las consultas al ambulatorio. Lo mejor de este proyecto es que el servicio estará disponible las 24 horas de día y es totalmente gratuito.

Ya me gustaría haber disfrutado de ese privilegio durante mi embarazo. Pese a que Internet está siempre ahí para consultar cualquier tópico sobre maternidad, no es lo mismo acudir a cualquier sitio que poder consultar a una experta.

Así que mamás de Barcelona, disfrutad de este beneficio mientras las demás… ¡nos morimos de envidia!

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Caminito de la escuela

guardeDe pequeña me gustaba mucho ir al cole. Disfrutaba del ambiente estudiantil, de los deberes y, especialmente, de mis compañeros de clase. Pero lo que más disfrutaba del comienzo del ciclo escolar era el exquisito aroma de los libros nuevos. Cuando mis padres me entregaban el arsenal bibliográfico, me sentaba en mi cama y comenzaba a abrir lentamente cada libro. Pasaba las páginas y aspiraba ese olor inolvidable. Los cuadernos, con sus hojas blancas, eran para mi un desafío. Y pese a que me encantaba estar de vacaciones y jugar sin control hasta muy tarde, cuando los libros descansaban plácidamente en mi portafolios empezaba a desear -secretamente para evitar las burlas de mis hermanos y mis amigos- que las clases comenzaran.

Ahora me pasa todo lo contrario. Quisiera que agosto se convirtiera en un mes infinito. Montserrat comenzará la escuela infantil el 1 de septiembre. No sé si le gustará, pero sé de antemano que mi corazón se estrujará como una esponja en el desierto en cuanto una extraña la coja de la mano para alejarla de mí, aunque solo sean unas horas.

Cierto es que gran parte del día estoy lejos de Montse. Pero se queda en casa, con su abuela. La escuela infantil será diferente. La niña, a sus 16 meses de edad, se enfrentará a una nueva y desconocida experiencia. Y yo seguramente me quedaré parada en la puerta del colegio, incapaz de moverme hasta dejar de escuchar el llanto de mi hija. Será un momento duro, pero necesario.

Sí que es verdad que las escuelas para los más pequeños ofrecen un período de adaptación para que los niños asimilen con mayor facilidad la asistencia al colegio. Pero ¿qué pasa con los padres? ¿Por qué nosotros no tenemos un período de adaptación en el que alguien nos enseñe a separarnos de los hijos? Yo, por si acaso, me estoy somentiendo a una autoterapia de fortaleza para no hacer el ridículo llorando a moco tendido delante del resto de las madres. Además, aún me quedan 21 días para intentar convencer al aprendiz de padre de que, al menos el primer día, se encargue de llevar a Montse a clases. Después de todo yo ya hice lo más doloroso: parirla.

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Gotitas de vida

lactanciaCuando era una mujer soltera y sin hijos, la lactancia me parecía un fenómeno extraño y muy, muy lejano. Cuando veía a una mujer alimentar a su hijo pensaba que sin duda era un sacrificio muy grande. Con el paso del tiempo,  mis amigas comenzaron a parir y me contaban las infinitas molestias de «dar el pecho».

Recuerdo la cara de angustia de una de ellas cuando me detallaba el martirio que vivió para poder alimentar a su bebé. «Es horrible. Me sangran los pezones y duele muchísimo. Creo que solo lo amamantaré este mes y después con fórmula», aseguraba. La lactancia, aunque no lo parezca, tiene muchos beneficios. No sólo para la salud y el buen desarrollo del bebé, que eso ya me parece razón suficiente, sino también para la economía doméstica.

En cuanto me ingresaron en el hospital una enfermera me advirtió que, si no quería amamantar, podían darme una pastilla para que «se cortara la leche». Después del parto, cuando todavía no era capaz de recordar mi nombre y aún sentía el cuerpo como si acabara de recibir una brutal paliza, una dulce enfermera que, curiosamente tiene el nombre y el primer apellido de mi hija, me preguntó con su dulce voz: «¿Vas a alimentar a Montserrat?»

«Sí». Contesté sin pensarlo. Instintivamente. En ese momento no me acordé de la sangre en los pezones de mi amiga ni del infinito dolor que describía. «Sí». Contesté sinceramente. Y de pronto me sentí madre.

Al poco rato otra enfermera se ocupó de traerme por segunda vez a Montse, ya aseada y vestida. Me dijo: «Descúbrete el torso que esta niña tiene hambre» y en cuanto la puso en mi colo, la niña, instintivamente, se prendió de uno de mis pezones y comenzó a succionar.

Ni siquiera recuerdo si me dolió. El hecho de sentirla ahí, cálidamente, comiendo de manera apresurada y mirándome, hizo que se me olvidara cualquier preocupación respecto a la lactancia.

Desde ese momento y hasta antes de cumplir el año, Montse disfrutó a demanda de la lactancia materna. Después empezó a pedir la teta cada vez menos hasta que la dejó definitivamente. No me arrepiento de haber amamantado a mi hija. Sí, hubo momentos de mucho dolor y tuve que recurir a las famosas pezoneras. Pero la sensación de maternidad real que experimentas con esta actividad corporal, es única y no me la perdería por nada.

Se trata de una forma muy íntima de comunicación entre una madre y un hijo. Una sensación de paz infinita que es necesario vivir para poder entender.

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