Posts Tagged educación infantil

Aprender con Pin

Montse volvió al colegio después de su temible gripe. Los mocos siguen acechando pero ya de lejos. Así que  decidimos que debería volver al colegio. Pensé, en un principio, que tendríamos que pasar nuevamente por el período de adaptación y todo eso. Pero no.

Al contrario, la niña regreso a sus clases con mucho entusiasmo. Demasiado, de hecho. Un poco intrigada y pensando que el rubio tendría algo que ver, le pregunté a la maestra. Y no, no fue el rubio, fue Pin.

Resulta que cuando Montse regresó al cole descubrió a un nuevo compañero de clases. Se trata de Pin, un peculiar personaje (aún no sé si es un duende, un niño, o una niña) incluido en un programa de aprendizaje del gallego que se llama Pin e Tito.

El kit completo, con el que la nena y sus compañeros trabajarán a lo largo del ciclo, incluye varios cuadernillos de actividades para que los niños conozcan el medio ambiente, su propio cuerpo y las actividades cotidianas como el baño, la comida, el descanso, etcétera.

La peque sucumbió a los coloridos encantos de Pin. Ahora las clases le resultan mucho más interesantes y, en solo cuatro días, ha incluido en su breve vocabulario dos nuevos términos: Sí y Luna.

Próximamente les contaré quién es Luna.

pin e tito

[¿Conoces  a Pin? Deja un comentario y comparte con nosotros tu experiencia]

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Feliz año nuevo

pizarraPara miles de niños y padres en España hoy comienza un nuevo año escolar. Los pequeños dejan atrás la piscina y los parques para regresar al aula. Otra vez la conocida rutina diaria de tantos y tantos padres en todo el mundo: despertador-desayuno-colegio-trabajo-colegio-comida-trabajo-cena-ducha-cama. Sin olvidar los aderezos como el tráfico, la crisis económica, los problemas laborales y todos esos pequeños obstáculos que forman parte de la vida cotidiana.

Pero no solo los padres lo pasan mal. El comienzo de un nuevo ciclo escolar puede resultar sumamente estresante para los pequeños. Así que, en un descarado ejercicio de auto promoción (pero esperando que les sea de utilidad), comparto con ustedes algunas sugerencias de los expertos para sobrevivir al estrés escolar de los niños. Suerte.

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El rubio y el tren

trenTiene alrededor de 12 meses y es rubio, rubísimo. No sé su nombre pero me encanta su carita redonda y tierna. Desconozco si sabe caminar porque las pocas veces que lo he visto ha estado sentado en el suelo, con las piernitas dobladas y mirando atento hacia la puerta. Desde que Montse empezó el cole, el 1 de septiembre, el rubio se convirtió en el objeto de su afecto. Cuando lo vió por primera vez se acercó a él para tocarle el cabello mientras repetía sin césar: «Este, este, este». Los dos días siguientes la historia se repitió. La peque cruzaba la puerta del aula y dirigía sus pasos hacía el niño que parecía esperarla. Por eso hoy, cuando me di cuenta de que Montse no le prestaba ninguna atención al rubio, supe de inmediato que algo andaba mal.

La niña, que durante 4 días había sido valiente durante el proceso de adaptación a la escuela infantil y solo había derramado algunas lágrimas -tal vez para ser solidaria conmigo- decidió que el viernes no era el mejor día para permanecer en el aula y se puso a llorar desaforadamente, mientras se apretaba con todas sus fuerzas al cuello del aprendiz de padre.

Yo no supe qué hacer. Así que, controlando mis ímpetus, me dispuse a observar tranquilamente la escena. Montserrat tenía los ojos repletos de llanto y sacudía la cabeza hacia los lados. El aprendiz de padre no lloró, pero creo que le faltó poco. Fue un tanto divertido comprobar que los hombres también lo pasan mal. De repente me di cuenta de que, si tuviera que consolar a uno de los dos, no sabría por cuál decidirme. Padre e hija estaban angustiados y atemorizados.

El rubio observaba atentamente la escena, sin inmutarse. Sostenía entre sus manos el tren amarillo que Montse y él suelen compartir. Las profesoras comenzaban a impacientarse ante la dramática escena y tuve que reaccionar.

Con una mirada le dije al aprendiz de padre que era hora de irnos. Él bajó los ojos al suelo e hizo un gran esfuerzo para conseguir separar a Montse de su cuerpo. Se la entregó a la profesora ante la mirada acusadora de la niña. Los dos aprendices nos quedamos de pie junto a la puerta, hasta que una de las maestras nos echó amablemente del lugar. Antes de salir miré a mi hija que trataba inútilmente de escabullirse. Fue terrible. Miré también al rubio que seguía sentado en el suelo observando a Montserrat.

Dos horas después, el aprendiz de padre y yo regresamos al colegio y nos encontramos con una tierna escena: La peque dormía plácidamente con el trenecito entre los brazos y el rubio sentado a su lado.

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Nuestro día D

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No fue tan terrible como yo pensaba. Algunas lágrimas aderezaron el tan temido primer día de clases de mi hija. Pero no fueron de Montse, sino mías. La niña tan pancha, tan feliz.

Sólo hubo un momento en que su mirada me conmovió profundamente. Fue justo cuando los padres tuvimos que abandonar el aula y la peque busco nerviosa mis ojos pero no los encontró. Una de las profesoras, a fi de facilitar la separación, se interpuso entre ella y yo. Así que arrastrando los pies salí del colegio y me dirigí a una de las ventanas para intentar verla. Fue imposible.  Menos mal que no estuve sola. El aprendiz de padre estaba ahí y me obsequió con un abrazo fuerte y largo, ante la mirada sonriente de las mamás experimentadas

Fue un buen comienzo, no cabe duda. La peque solo estuvo en clases 45 minutos, pero los aprovechó al máximo. Transcurrido ese tiempo entramos nuevamente al cole y allí estaba ella, jugando con los cabellos de uno de sus compañeros, un pequeño rubio que la miraba asombrado mientras apretaba entre los labios el chupete. Ni se enteró que de yo estaba ahí. La llamé dos veces y fue entonces cuando me vió. En ese momento se percató de que tendría que abandonar aquel pequeño paraíso repleto de juguetes y, claro, opuso resistencia. Tuvimos que sacarla del cole casi a rastras.

Al ver su reacción oscuras ideas se adueñaron de mi pensamiento: ¿Montse no me quiere? ¿Por qué no lloró ni un poquito? ¿Por qué prefiere estar en el cole que ir a casa conmigo? En ese momento me acordé de Marina, una amiga que vivió un episodio similar con su madre cuando era pequeña. Ella ni se inmutó el primer día de clases y su mamá se sintió fatal.

No pude evitar sonreir porque entendí que estaba exagerando la situación. Si Montse no lloro, pues mejor para todos. Solo espero que mañana – y el resto de la semana- todo resulte tan fácil e idílico como hoy.

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Los zapatos rojos

zapatos
Empieza la cuenta regresiva. Montse comienza el cole el 1 de septiembre y los nervios me corroen. Lo tengo casi todo listo. Los uniformes ya están encargados y tengo en orden la lista de cosas que la peque llevará en su primer día de clases.

Durante las últimas semanas me he dedicado a repetirle hasta el cansancio que irá a un lugar lleno de niños y juguetes. Que su profesora se llama Sonia. Que se va a divertir muchísimo. Que yo iré a recogerla todos los días. Que nada malo le pasará. Que aprenderá nuevas canciones. En fin, que no sé si se lo cuento a ella o lo repito para convencerme yo.

Montse me escucha con paciencia y sonríe. Luego me coge de la mano y me lleva al jardín, tal vez para distraerme, o para conseguir callarme de una vez por todas.

Y es que la peque está dejando de ser un bebé. Se está convirtiendo en una niña independiente. Me di cuenta la vez que le compramos sus zapatos rojos, fue al comenzar el verano. Los vio y le encantaron. Cuando se los puso por primera vez miraba embobada sus pequeños pies. Los tocaba y me decía: «Este, este, este» que es el himno que utiliza cada vez que algo la sorprende mucho o despierta su curiosidad.

Los zapatos rojos de Montserrat me hicieron pensar en sus primeros pasos. En sus intentos constantes por formar una oración completa aunque sea con balbuceos. En su mirada alegre cuando me ve llegar a casa por las noches. En la forma en que me abraza cuando tiene sueño y quiere que la lleve a su cuna. Y en su risa estrepitosa cuando le canto sus canciones favoritas.

Son los primeros pasos de Montse. Pequeños pasitos que van marcando su vida. Y la mía. Guardaré para siempre esos preciosos zapatos rojos que me han enseñado una nueva lección.

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Caminito de la escuela

guardeDe pequeña me gustaba mucho ir al cole. Disfrutaba del ambiente estudiantil, de los deberes y, especialmente, de mis compañeros de clase. Pero lo que más disfrutaba del comienzo del ciclo escolar era el exquisito aroma de los libros nuevos. Cuando mis padres me entregaban el arsenal bibliográfico, me sentaba en mi cama y comenzaba a abrir lentamente cada libro. Pasaba las páginas y aspiraba ese olor inolvidable. Los cuadernos, con sus hojas blancas, eran para mi un desafío. Y pese a que me encantaba estar de vacaciones y jugar sin control hasta muy tarde, cuando los libros descansaban plácidamente en mi portafolios empezaba a desear -secretamente para evitar las burlas de mis hermanos y mis amigos- que las clases comenzaran.

Ahora me pasa todo lo contrario. Quisiera que agosto se convirtiera en un mes infinito. Montserrat comenzará la escuela infantil el 1 de septiembre. No sé si le gustará, pero sé de antemano que mi corazón se estrujará como una esponja en el desierto en cuanto una extraña la coja de la mano para alejarla de mí, aunque solo sean unas horas.

Cierto es que gran parte del día estoy lejos de Montse. Pero se queda en casa, con su abuela. La escuela infantil será diferente. La niña, a sus 16 meses de edad, se enfrentará a una nueva y desconocida experiencia. Y yo seguramente me quedaré parada en la puerta del colegio, incapaz de moverme hasta dejar de escuchar el llanto de mi hija. Será un momento duro, pero necesario.

Sí que es verdad que las escuelas para los más pequeños ofrecen un período de adaptación para que los niños asimilen con mayor facilidad la asistencia al colegio. Pero ¿qué pasa con los padres? ¿Por qué nosotros no tenemos un período de adaptación en el que alguien nos enseñe a separarnos de los hijos? Yo, por si acaso, me estoy somentiendo a una autoterapia de fortaleza para no hacer el ridículo llorando a moco tendido delante del resto de las madres. Además, aún me quedan 21 días para intentar convencer al aprendiz de padre de que, al menos el primer día, se encargue de llevar a Montse a clases. Después de todo yo ya hice lo más doloroso: parirla.

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¿Quién manda aquí?

monSiempre he estado en contra de las manifestaciones del poder como una forma de demostrar superioridad. La familia, desde mi punto de vista, es una democracia y como tal debe administrarse. Sin embargo, Montse me ha enseñado una nueva lección: los niños necesitan límites.
En una ocasión, mi madre (mujer sabia), me anticipó que teníamos que ser más inteligentes que Montse para educarla con amor pero con disciplina. Me advirtió también que la rigidez en la educación dependía totalmente de los padres porque los abuelos estaban más para consentir. Pese a su advertencia siempre he contado con su apoyo para enseñarle a la pequeña las normas básicas de convivencia.
Al principio pensé que todo eso de la educación en la primera infancia era un poco exagerado. Que los niños, en sus primeros meses de vida, lo que más necesitaban era amor y protección. Y sí, necesitan amor y protección. Y disciplina.
Disciplina para que duerman y coman en el horario establecido. Disciplina para que sepan que ellos forman parte de un equipo y que tienen derechos y obligaciones. Pero, ¿cómo hacerle entender eso a un bebé? La respuesta es sencilla: Ellos lo entienden todo.
Y prueba de ello es la facilidad que tiene Montse para señalar con su dedito las cosas que nombramos en voz alta. Y es que desde que tenía dos meses, cada vez que se le cambiaba un pañal o se le daba un baño, su padre, su abuela y yo, le decíamos el nombre de las cosas que utilizábamos: gel, talco, pañal, crema, aceite, loción… Montse abría sus enormes ojos y se quedaba viendo fijamente cada objeto. Cuando cumplió los 6 meses nos dimos cuenta de que aunque no pudiera expresarlo con palabras, sabía distinguir entre un pañal y sus zapatos.
En cuanto empezó a caminar aprendió a coger los objetos que se le pedían. Y hoy, a los 15 meses, sabe recoger sus juguetes y conoce el lugar donde se guarda su ropa, sus cosas de aseo personal e incluso sabe donde están las llaves del coche. Cuando papá dice: «vamos a salir» Montse coge las llages, su chupete y su micky mouse (o a Epi, según el caso). Los niños lo entienden todo. Es una lección que me costó un poco aprender, pero ya la tengo superada. De ahí que poner límites desde los primeros meses sea prioritario.

Pataletas y berrinches

El primer berrinche de Montse fue hace poco. Estábamos las dos en el salón, yo en el ordenador y ella con sus juguetes. De repente se puso de pie y cogió el control de la tele para encenderla. Le pedí que no lo hiciera porque ya estábamos por irnos a la cama. Sin hacer caso a la advertencia encendió el televisor y puso su canal favorito.
Entonces apagué el ordenador y la televisión y dejé el mando fuera de su alcance. Inesperadamente (nunca lo había hecho antes) empezó a llorar y a dar gritos pidiendo el mando. Por unos segundos no supe que hacer, si abrazarla o reñirle. Opté por no hacerle caso. Me senté en el sofá y cogí una revista. En menos de un minuto la niña dejó de llorar, se levantó del suelo donde hacía su pataleta y se me sentó en las piernas. Me quede sorprendida de la eficiencia de esta técnica que alguna vez me sugirió una amiga, experta en estos temas.
Los límites son necesarios. Según los psicólogos, las reglas y la autoridad dan seguridad a los pequeños. Los niños deben aprender que cuando papá o mamá dicen que no, la decisión es inamovible. Los menores necesitan de la guía de los padres por lo que las reglas son la mejor manera de fortalecer la buena conducta y enseñarles buenos modales.
Es difícil poner límites porque no nos gusta enfrenar a nuestros hijos o porque necesitamos de su aceptación constante. Pero no hacerlo provocará enfrentamientos futuros muy difíciles de controlar. A medida que los niños crecen los problemas también crecerán. La respuesta no está en la violencia, sino en la madurez de los padres para enfrentar cada situación desde el principio.

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