Posts Tagged crianza con apego

La historia de una espera en Twitter

Después de varias semanas de sustos, risas, contracciones y buena vibra llegó al mundo Sophie, la bebé más esperada de Twitter. Su mami, Ishamommy, es una mujer muy valiente que declinó una cesárea ofrecida por una mala doctora para esperar a que Sophie decidiera cuando llegar. Los detalles del parto y el feliz nacimiento seguramente los publicara Isha en su blog cuando sea el momento, pero les puedo comentar que los días previos al parto fueron muy intensos. La tribu 2.0 de madres en Twitter (esta precisa definición se le ocurrió a Louma, de Amor Maternal) estuvimos pendientes en todo momento del embarazo de Isha quien a veces nos hacía desear estar junto a ella en sus primeras contracciones o nos sorprendía con sus gratas ocurrencias.

En el transcurso de esta bella espera conocí a un grupo de mujeres maravillosas con las que tenía poco o ningún contacto como @yolizca @palex21 , @veronica_lopezr @tonscual y @antia000. Y me divertí mucho con las mamás tuiteras que ya forman parte de mi vida: @irene_gp @amormaternal @OR_2 @Januszka @naceunamama y @princessofdeaht

Las horas previas al nacimiento esuvimos pendientes de cada contracción y respirando todas juntas aunque separadas. Las que tuiteamos desde España nos desvelamos un poco pero estuvimos acompañándonos mutuamente  esperando los reportes de Alex.

Ahora Sophie está en este mundo y sé que Isha hará que su vida sea fácil, divertida y lo más placentera posible.

Me encanta compartir con otras madres a través de Twitter porque estoy convencida de que todas somos aprendices intentando ser mejores madres y superar los errores que entorpecen la crianza con apego. A través de sus breves relatos Isha tejió sólidos lazos de afecto entre la tribu de madres twitteras. Gracias a todas por hacer que la espera fuera amena y divertida.

Y, sobretodo, FELICIDADES ISHA!!!

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Gotitas de vida (II)

Aún no había visto con total certeza la luz. Sus ojos intentaban inútilmente enfocar su objetivo: una mujer de edad madura vestida de blanco que le cogía la cabeza con ternura. Escuchaba ruidos extraños y se sentía nerviosa en aquel ambiente desconocido. Tan pulcro… pero tan frío. Recordaba poco -muy poco- de su vida pasada. Vagos pasajes rondaban su recién estrenada mente y pudo remembrar aquel lugar tan cálido de donde provenía y las voces que tantas veces la tranquilizaron en los momentos de mayor soledad.

Ahora todo era distinto. No había calor, o al menos no había la cantidad suficiente para que dejara de sentir tanto frío. Sus intentos por llorar se veían intimidados por la curiosidad que sentía en aquel lugar extraño. ¿Acaso era ella la única que se sentía tan desconcertada? Giró la cabeza un poco para ver entre penumbras a su vecino que dormía plácidamente con una sonrisa en los labios. Intentó reincorporarse para separarse de aquel cuerpo ajeno que la abrumaba pero se dio cuenta de que era inútil. Entonces se percató de que había perdido la movilidad de la que gozaba en su anterior hogar.

– No puede ser – pensó mientras intentaba llevarse las manos a la cabeza.

Todo era en vano. Se sintió sola y abandonada. Deseó con todas sus fuerzas regresar a su lugar de origen  y miró fijamente el rostro de la mujer que tenía delante, para intentar saber quién era aquella desconocida que le hablaba en un lenguaje ininteligible. No pudo contener el llanto y berreó con todas sus fuerzas.

De repente sintió que se movía y escuchaba una voz lejana que le resultaba conocida. La mujer de blanco la depositó suavemente encima de un cuerpo cálido con un aroma muy familiar. Escaló como pudo las enormes montañas que tenía delante y encontró un oasis en medio de aquel placentero lugar en el que ya no sintió mas frío. No podía creer lo que estaba viendo. Abrió la pequeña boca y se aferró con toda sus fuerzas al inmenso paraíso que le ofrecía la vida misma dosificada en dulces gotitas.

Era el pezón de su madre.


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Dos años con Montse, la historia de un parto

Hoy hace apenas dos años que me convertí en madre. Montserrat nació  a las 2.20 de la madrugada de un lluvioso viernes de abril tras 18 intensas horas de trabajo de parto inducido.

Me enteré de mi embarazo después de más de un año de intentos y de una larga lista de resultados negativos. Me realicé la prueba casera un viernes por la mañana y al ver las dos rayas mágicas en ese intenso tono rosa me puse a llorar en el baño. Desperté a mi esposo con la cara bañada en llanto y él me abrazó emocionado preguntándome si estaba segura. Acordamos no decirle a nadie hasta relizarme una prueba profesional en un laboratorio, pero ese día mi padre lo estaba pasando un poco mal y decidimos arriesgarnos y endulzarle el día con la noticia. No puedo describir la cara que puso, los ojos se le iluminaron como una mañana de verano y una sonrisa perenne apareció en su rostro. «Hay que contarle a tu madre» gritó emocionado. Ni que decir que toda la familia se puso feliz ante la esperada noticia.

El mío fue un embarazo cortés. Sin náuseas, ni vómitos, ni calambres… ni siquiera antojos. Todo se complicó cuando tras realizarme el test de O`Sullivan detectaron que podría padecer diabetes gestacional. A partir de ahí las visitas al gine se hicieron  más frecuentes y me pusieron en la penosa lista de los embarazos de alto riesgo. Alto riesgo. Cuando escuché al ginecólogo decir esas temidas palabras sentí que la tierra se abría bajo mis pies. ¿Qué significaba eso? ¿Que la vida de Montserrat corría peligro? Me sometí a una larga lista de estrictos cuidados  y visitaba la consulta semana tras semana.

El médico me explicó que todo podría complicarse si la beba cogía mucho peso. Cuando aún faltaban algunas semanas para el esperado parto me hicieron una de las tantas ecografías y el médico dictaminó que debían ingresarme para monitorear a Montse. Fue terrible porque ni siquiera me dejaron ir a casa a por mis cosas. Después de la revisión me asignaron una habitación y me quedé allí al cuidado de las enfermeras. Ya me habían realizado todas las pruebas realizables, incluida la de la epidural, aunque mi exagrado temor a las agujas me había llevado a decidir que no me la pondría jamás. Tan solo de imaginar que me introducían esa finísima aguja en la espalda me ponía los pelos de punta.

Después de varios días «de vacaciones» en el área de alto riesgo, en cuyos pasillos conocí a mujeres muy interesantes en la misma situación que yo, me trasladaron al paritorio la mañana del jueves 10 de abril. Lo primero que hice fue llamar a mi madre para tranquilizarme escuchando su voz.  Ella y mi padre me daban ánimos pero sé que en el fondo estaban tan nerviosos como yo por el bienestar de su nieta.

Después de varias revisiones y tras conocer a la matrona que me atendería me crucificaron los brazos con las vías necesarias para afrontar las posibles urgencias. El aprendiz de padre estaba ahí como un valiente intentando animarme en todo momento pese a que en los ojos reflejaba el miedo ante lo que  pudiera pasar. Por la ventana de mi habitación veía la lluvia caer y a la gente apresurar el paso bajo los paraguas mientras que en silencio le pedía a Dios  que todo saliera bien.

«Lo más deseable es el comienzo espontáneo del parto aunque hay circunstancias de tipo médico u obstétrico que aconsejan la inducción» amenazó la matrona con su cara resplandeciente de veinteañera recién duchada. «En su caso tendremos que utilizar oxitocina y, probablemente, romper artificialmente la bolsa si el trabajo de parto no evoluciona como esperamos». La mujer continuaba explicando con los habituales tecnicismos mientras yo intentaba asimilar que mi parto no sería natural como lo había soñado. «… lo importante es evitar a toda costa el sufrimiento fetal por lo que tampoco descartamos una cesárea», me decía aquella lejana voz. ¿Sufimiento fetal? Después de escuchar aquello firmé sin pensar todo los papeles que pasaron por delante ante la mirada atónita de mi esposo.

Y así comenzó la primera de las 18 horas que precedieron la feliz llegada de mi amada hija. Mientras por las venas de un brazo me corrían los chorros de oxitocina por el otro entraba el suero y la insulina para evitar que me subieran los niveles de glucosa en la sangre.

Y como no podía ser de otra manera -ya me habían advertido que las contracciones falsas que provoca la oxitocina son mucho más dolorosas que las naturales- terminé pidiendo a gritos la epidural. Después de cuatro intentos pudieron colocar la aguja para suministrar la bendita anestesia que hizo que todo pareciera más fácil en el quirófano, donde una ginecóloga, dos enfermeras, una matrona y un pediatra me recibieron sonrientes tratando de tranquilizarme.

No sentía las piernas. Y el parto resultó complicado pese a que pujé  con todas mis fuerzas durante cada contracción. Tuvieron que ayudarse con espátulas y la cabeza de Monse sufrió las consecuencias. Finalmente nació y al ver sus ojos grises me hipnotizaron. Los tenía muy abiertos y miraba alrededor sin entender que sucedía. Fueron solo algunos segundos porque el pediatra se la llevó para hacerle el test de Apgar en el que sacó su primer sobresaliente.

Fue el radiante padre quien la puso en mis brazos por primera vez. Me pareció la niña más hermosa del mundo y en ese momento le prometí en voz alta que la amaría para siempre.  Hoy cumplió sus primeros dos años de vida y me siento sumamente dichosa de estar a su lado, donde espero permanecer por mucho, mucho tiempo.

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Carlos González, el defensor de la lactancia

No es George Clooney, ni siquiera Brad Pitt y tal vez no tenga el encanto peculiar de Richard Gere, pero tiene miles de seguidoras alrededor del mundo. Casi todas madres preocupadas por el bienestar de los pequeños. Admiro profundamente el trabajo de Carlos González y su calidad como pediatra y padre. Es sin duda uno de los principales defensores de la lactancia materna, la crianza natural y el colecho. Acaba de presentar su libro más reciente Entre tu pediatra y tú y por ese motivo conversó con Arancha Serrano (Veinte minutos) sobre los tópicos que tanto nos interesan. Aquí un breve extracto de la entrevista:

¿Se debe buscar a un pediatra acorde con la ideas de los padres, o cualquier pediatra es válido?
Cualquier pediatra es válido, el problema es que pedimos a los pediatras cosas que no son de su ámbito. Un pediatra es una persona que ha estudiado el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades de los niños. Pero nos empeñamos en preguntarle cosas que no están relacionadas con su salud: si hay que cogerle en brazos o no, dónde tiene que dormir, qué hacer si no come.

¿Hay un exceso de información de cómo ser padres?
El exceso de información nunca es malo, lo malo es la desinformación o la información incorrecta. Por eso escribí el libro Bésame mucho, porque había leído libros sobre la crianza de los hijos que no me gustaban nada y pensé en escribir sobre lo contrario para que al menos los padres tengan dónde elegir. Me daba pena y rabia ver a tantos padres cuyo su deseo era atender a su hijo pero que no se atrevían a hacerlo porque algún experto había dicho que eso estaba mal (…)

Muchas madres no disponen de tiempo. ¿Es un mito la conciliación laboral?
Soluciones mágicas no existen: no puedes estar en dos sitios a la vez. Y a nuestras abuelas por lo menos las dejaban ir a trabajar con su hijo, como siguen haciendo muchas mujeres en el mundo, que llevan al niño atado a la espalda. En esta sociedad, aunque hay empleos que se podrían hacer con un niño en brazos, como una taquillera o una empleada de Hacienda, no se permite; está mal visto.

Puedes leer en Veinte Minutos la entrevista completa. En cuanto tenga el nuevo libro les posteo la reseña. Gracias a @Januszka por el dato.

Opina: ¿Eres fan de Carlos González?

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El circo y el pato

Aprovechando el puente de la Constitución llevamos a Montse al circo. El aprendiz de padre y yo fuimos un poco «a la fuerza» pues no somos partidarios de los espectáculos con animales, pero el sacrificio valió la pena. Montse disfrutó plenamente del show. Lo más divertido de la jornada circense fue el principio. La pequeña siendo hija única, nieta única, sobrina única… es en nuestra familia siempre el centro de atención. Padres, abuelos y tíos le aplauden hasta la gracia más simple.

Tal vez fue por eso que, en la primera ovación del público, la peque giró la cabeza  sorprendida de que todos le aplaudieran.

Está convencida de que cada vez que alguien aplaude es por ella y para ella. Al término del primer número se acostumbró a su efusivo público y pudo seguir disfrutando la función. Le impresionaron los leones, los payasos, los dromedarios y unos ponys argentinos (eso decía el cartel). Pero quedó boquiabierta cuando en el escenario aparecieron Mickey Mouse y el pato Donald.

Los personajes de Disney salieron de la pista para saludar a los niños. Donald se acercó a Montserrat y le cogió la mano a la vez que le acariciaba la cabeza. No hubo tiempo de sacar el móvil para hacer la foto, Montse exclamó un apasionado: «¡¡¡Hala!!!» y abrió la boca todo lo que pudo. Esa fue la estampa que quedó grabada en su cabecita.

«E pato aaló mi mano».

Lo repitió sin cesar durante toda la tarde. Se lo contó a sus abuelos, a su tía, a mis tíos, al perro, a sus muñecos y a todo el que quisiera escucharla. «E pato aaló mi mano».

Esa noche, cuando sus ojos ya estaban cerrados y su mejilla reposaba tiernamente en su almohada repitió por enésima vez: «E pato aaló mi mano». Simplemente inolvidable.

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La difícil labor de conciliar

Conversando con una amiga me comentaba que, pese a que ella tiene un horario de trabajo agotador, se siente satisfecha del tiempo que comparte con sus hijos porque ya se sabe: «es mejor la calidad que la cantidad». Pero ¿es eso cierto? ¿Son capaces los niños de entender que papá o mamá jugarán con ellos solamente media hora al día pero con toda la calidad del mundo? Y durante esa hora ¿será papá/mamá capaz de concentrarse al cien por ciento en el pequeño y no coger el móvil o consultar el mail?

Son falacias. Cuentos chinos. La calidad es un atributo elemental para muchas otras cosas pero, en lo que respecta a tiempo en familia, la cantidad puede ser una característica mucho más valorada por los niños. Lo ideal, claro está,  es que los atributos se fusionen: tiempo+calidad+cantidad.

Entiendo que cuando tenemos que salir a ganarnos el pan de cada día no resulta fácil aplicar la fórmula mágica. En muchos casos resulta imposible. Los políticos ponen de su parte, pero tampoco es que se esfuercen demasiado. Dejar de trabajar no es una alternativa, no solo por factor económico, que pesa bastante, sino también por el desarrollo profesional de papá/mamá.

La solución existe, pero exigiría un cambio de mentalidad en los políticos, en los patrones y, sobre todo, en todos esos machistas que aún vagan por el mundo pensando que criar y educar a un hijo es cosa de mujeres. La verdadera conciliación llegará cuando padres y madres se comprometan de verdad con el hogar. Cuando pedir un permiso en el trabajo para llevar a los niños al pediatra no sea labor exclusiva de la mujer. Cuando TODOS nos involucremos a favor de los pequeños para que tengan una infancia memorable.

Tal vez deberíamos tomar el ejemplo de  Tobias Billstrom, ministro de Inmigración de Suecia,  que optó por llevar a su bebé de 9 meses a una reunión de trabajo en el Consejo de Ministros de la Unión Europea con el único objetivo de «pasar más tiempo con ella».

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